Acepte sus emociones – Controle sus emociones

Las Emociones y qué me pasa con ellas

 

Que maravilloso es poder compartir con los seres humanos a propósito de las emociones. Me junté con mi grupo de trabajo que está constituido por amigos. Una chica presente compartió con el grupo lo que le había producido una conversación profunda con un amigo de ella y de su pareja. Nos fuimos compenetrando en el relato. Vimos que en ocasiones, son emociones, a partir de las cuales nos hacemos juicios propios y por supuesto de otro (esto es más fácil). Esto último se debe sobre todo a que la emoción que sustenta ese juicio muchas veces nos favorece. Me atrevo a decir que manifestamos las emociones en conductas observables, que nos favorecen. Lo que esta chica decía es que todos veían su carácter fuerte, intransigente, inflexible. Él, su pareja, se escudaba en este juicio y “gozaba” de una posición frente a sus amigos, familiares y conocidos (identidad pública) que le favorecía.

Ahora bien, la conversación que comparte la chica nos muestra que la emocionalidad sobre la que se fundamentó el juicio, era automáticamente re-significada, cuando ella comparte la emoción que le produjo el feedback del amigo que compartía con ellos como pareja. “El intransigente es el varón en la pareja y no ella”. Lo que la narrativa hacía con nosotros era cambiarnos nuestra emoción y con ello nuestro juicio. En realidad lo que logró cambiar la nueva emoción fue nuestro observador y a través de él, cambió nuestro juicio.

 

Las emociones nos ¿desfavorecen?

 

Uno de los participantes varones compartió sus emociones a partir del plano de su espacio de trabajo (un juego que se realiza para dinamizar la sesión) y nos señaló las emociones que “habitan” para él en esos espacios y la forma como esas emociones marca las acciones que él realiza y como estas lo desfavorecen.

El «plano» o mapa de este participante empezaba en la cama de su dormitorio. Cuando él se despierta, compartió con nosotros, empieza su miedo que se extiende hasta la oficina. El pasillo entre el ascensor y la oficina se hace interminable y el sentarse frente a su escritorio ya le cansa. El encender las luces de la oficina no alumbra nada. Desde hace cuatro o cinco meses le embarga esta emoción dado que lo que antes tenía de ingreso fijo mensual hoy ya no lo tiene y no importa por qué, él parte todos los meses de cero de nuevo y a veces llega al día 10 y no ha facturado nada.

Hay dos cosas que me permití destacar de lo valioso de este relato en ese momento. La emoción manifestada tiene a este participante paralizado. Está mirando la puerta, que por algún motivo cualquiera, está cerrada y no lanza la mirada hacia todas las ventanas que están abiertas. El quiebre que produjo la emoción del cambio repentino en sus ingresos, interrumpió un flujo que hoy no le permite a su observador, acción alguna, que le genere un movimiento hacia adelante.

…Y si no tuvieras miedo, ¿qué harías?

Anónimo

Acepte sus emociones Controle sus emociones

Spencer Johnson en su libro ¿Quién se ha llevado mi queso? dice que afirmamos que el cambio es constante. Pero si esto es así, o al menos lo vemos así entonces lo mejor sería adaptarse rápidamente al cambio pues: “cuanto antes se olvida el queso viejo antes se disfruta el nuevo” señala Johnson.

 

Sentir la emoción. Aceptación y Cambio.

 

El aporte de otro de los participantes, nos permite cerrar este ciclo de trabajo con las emociones y como estas nos abren posibilidades de acción o en su defecto nos cierran posibilidades. Esto último afectando nuestra productividad a nivel organizacional, profesional y por qué no decirlo familiar personal. Este participante nos conecta con la posibilidad de sentir la emoción, saber que ella está ahí, sentirla en el cuerpo, o sea incorporarla. Una vez sucedido esto proponerse que esta emoción cambie. ¿Pero cómo hacerlo si no sabemos que esto es posible, que a través de este cambio, o de esta posibilidad cambie mi emoción y desempeño?

Él dijo: “la emoción que me embargaba era tan dolorosa que me hacía llorar y yo no podía ver que mis hijos me vieran llorar, me vieran triste, me vieran en esa emoción.” Y salió del entorno de ellos. Agrega: “Busqué un trabajo por muy poco dinero. No era el dinero lo que me movía (mi inquietud). Lo que me movía era la posibilidad que desde este nuevo estado de ánimo él podría encontrar las acciones que lo sacarían de su estado de letargo.

Spencer Johnson nos regala al final de estas letras la siguiente reflexión:
“¡CAMBIE! Muévase cuando se mueva el queso” es algo tremendamente poderoso si elegimos que lo sea: ¡DISFRUTE DEL CAMBIO!

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